Luis Marino, José Carlos Ñíguez y Antonio Gómez Ribelles detallaron sus obras que invitan a descubrir la belleza en lo efímero.

Los artistas Luis Marino, José Carlos Ñíguez y Antonio Gómez Ribelles realizaron en la tarde del miércoles un visita guiada por su exposición 'Habitar (es). De paisaje y memoria' que muestra la sala de exposiciones de la Universidad Popular, en la avenida Constitución. Los autores explicaron los motivos que les llevaron a la creación de la obra, qué representan y qué objetivos persiguen con cada una de ellas.
Luis Marino: Desert Garden
Luis Marino deja una huella imborrable con Desert Garden, un proyecto fotográfico que explora la conexión entre la naturaleza y las emociones humanas. Dividido en dos partes complementarias, el trabajo de Marino es un canto a la memoria y a los paisajes interiores.
La primera parte, compuesta por 41 imágenes, utiliza la luz natural y técnicas de exposición múltiple para crear un jardín emocional donde el negro —símbolo de la ausencia y el vacío— dialoga con la luz que ilumina elementos vegetales. Estas obras, realizadas en estudio, rinden homenaje a personas ausentes cuyos recuerdos persisten como los aromas de un paisaje íntimo. La segunda parte, con 24 composiciones geométricas y caleidoscópicas, traslada la mirada al entorno colectivo, representando un hábitat en proceso de desertificación. A través de estas imágenes, Marino reflexiona sobre la fragilidad de nuestra relación con la naturaleza, de la que formamos parte inseparable.
José Carlos Ñíguez: Cartografías del eco
Inspirado por las palabras de Anaxágoras (“Las cosas que se ven son el aspecto visible de aquellas que no se ven”) y René Magritte (“Lo que verdaderamente ama nuestra mente es lo desconocido”), José Carlos Ñíguez presenta Cartografías del eco, un ensayo fotográfico que explora los paisajes áridos y desolados de las cuencas mineras de Cartagena-La Unión y Mazarrón. Lejos de ser un simple registro documental, su trabajo busca desentrañar lo invisible: las historias silenciadas de la tierra, los ecos de la memoria y la resistencia de lo que persiste frente al abandono.
A través de la abstracción, Ñíguez transforma lo desolado en belleza. Sus imágenes, cargadas de texturas, colores y formas, renuncian a lo figurativo para convertirse en símbolos y resonancias emocionales. Cada encuadre es una metáfora, una grieta en el tiempo donde lo real y lo imaginario se encuentran. Los paisajes mineros, marcados por siglos de extracción y olvido, se convierten en cuerpos vivos que narran historias de esfuerzo, pérdida y resistencia. En sus obras, lo mínimo se vuelve esencial, y lo herido se transforma en un testimonio de memoria.
Organizadas como fragmentos de un relato no lineal, las fotografías de Ñíguez invitan al espectador a acercarse desde lo emocional, generando un espacio de contemplación abierta que plantea preguntas en lugar de ofrecer respuestas.
Antonio Gómez Ribelles: Lo que queda
Con Lo que queda, Antonio Gómez Ribelles propone una mirada arqueológica sobre las huellas de lo humano y lo natural. Sus obras, basadas en fotografías intervenidas con dibujo, pintura, tintas, acrílico, grafito y collage, exploran lugares cargados de historia, como El Cigarralejo en Mula, el Teatro Romano de Cartagena, las fincas abandonadas de Barrio Peral o los restos de plantas secas de su propio entorno. Para Gómez Ribelles, toda construcción humana está destinada a la ruina, pero también a dejar una huella que otros pueden redescubrir.
Sus piezas, realizadas en pequeños formatos de papel hecho a mano (14,5 x 20,5 cm y 20 x 20 cm), funcionan como microhistorias que, en conjunto, tejen un relato de vida. La fotografía se convierte en un material pictórico, mientras que la pintura actúa como una escritura poética que reelabora la memoria de los lugares. A través de esta superposición de técnicas, el artista transforma los vestigios en creaciones vivas, dotándolas de una narrativa que conecta pasado y presente.
La elección de formatos pequeños y la mirada fragmentaria invitan al espectador a recorrer las obras como si hojease un libro, deteniéndose en los detalles para construir una visión de conjunto. Lo que queda es un homenaje a las huellas que persisten, una celebración de la memoria que resiste el paso del tiempo.







