La tragedia del pozo María Elena del 16 de febrero de 1893 ocupó las páginas de periódicos nacionales e internacionales.

El pasado sábado, 15 de febrero, se llevó a cabo la visita guiada 'El accidente de la mina Impensada: regreso al pasado', conducida por el cronista Mariano Guillén. La actividad permitió a los participantes conocer más sobre uno de los episodios más trágicos de la minería local. La ruta partió desde la Plaza del Ayuntamiento y tuvo como punto culminante el pozo María Elena, donde se realizó un emotivo homenaje a los 28 trabajadores fallecidos en la tragedia ocurrida hace 132 años.
    Este suceso fue el más trágico entre los muchos accidentes ocurridos en los cerros mineros, en una actividad que se desarrolló principalmente desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. La catástrofe del pozo María Elena ocupó las páginas de periódicos nacionales e internacionales, ya que entre los fallecidos se encontraban ingenieros y responsables mineros de nacionalidad europea, contratados por la compañía explotadora de las minas de Mazarrón.
    La tragedia conmocionó a un pueblo acostumbrado a convivir con el riesgo constante de nuevos accidentes. En condiciones de extrema precariedad laboral, los mineros no solo perdían la vida en siniestros, sino que también sufrían enfermedades derivadas de su trabajo, como la silicosis, una dolencia pulmonar que afectó a generaciones de trabajadores.
    "Nos encontramos en el pozo María Elena de la mina Impensada, una de las cinco minas ricas del cabezo de San Cristóbal, junto con Santa Ana, Fuensanta, Triunfo y San José. Excepto Fuensanta, todas fueron explotadas por la Compañía de Águilas, una empresa francesa que poseía gran parte del cabezo de San Cristóbal y el de los Perules", relataba Guillén.
    La mina Impensada, de una hectárea de superficie, se encontraba en el centro de las explotaciones y fue elegida por la Compañía de Águilas para instalar una bomba de desagüe a 390 metros de profundidad. A partir de los 100 metros, el nivel freático del agua dificultaba el trabajo, y la bomba alemana, capaz de extraer 150 metros cúbicos diarios, sería la solución para toda la zona.
    El día 16 de febrero de 1893 llegaron dos mecánicos de Westfalia para realizar los últimos ajustes antes de la inauguración, programada para el 17 o 18 de febrero. Ocho albañiles también se encontraban en la mina para entregar la obra, y los mineros continuaban con su labor en un nivel inferior a 450 metros de profundidad.
    Una fisura inesperada liberó una gran cantidad de anhídrido carbónico, un gas letal. El capataz dio la alarma y activó la sirena para evacuar a los trabajadores. Sin embargo, la jaula del ascensor no subió a tiempo y, cuando finalmente lo hizo, ya transportaba al capataz y tres mineros sin vida. El gas ascendió rápidamente hasta el nivel 390, atrapando a los trabajadores en la zona de la bomba de desagüe. Algunos lograron huir por los túneles de San Simón o Santa Ana, pero los 28 mineros en la planta principal fallecieron.
    La noticia corrió rápidamente por el pueblo. Familias enteras, presas del horror, se agolparon en las inmediaciones de la mina. La Guardia Civil acordonó la zona para evitar el acceso de los desesperados familiares. Las labores de rescate se prolongaron durante casi dos días hasta que se extrajeron todos los cuerpos. El recuento final confirmó el peor de los escenarios: los 28 trabajadores atrapados habían perecido.
    Durante la visita guiada, la historiadora Carmen Guillén leyó un sentido manifiesto recordando a las víctimas y su sacrificio. En un emotivo gesto, los asistentes arrojaron 28 rosas en memoria de los fallecidos. "Hoy, sobre las once, tuvimos noticia del terrible accidente en el pozo María Elena. Mineros del relevo nocturno llegaron al pueblo con versiones distintas: algunos hablaban de diez o doce muertos, otros de más de treinta. En minutos, un reguero de mujeres corrió horrorizado por las empinadas calles de Los Lardines, San José y la Aguja, buscando noticias de sus seres queridos".
    "No puedo contener las lágrimas. He seguido inconscientemente a la multitud y he presenciado escenas desgarradoras. La Guardia Civil impide a los familiares acercarse al castillete de madera, donde se escuchan gritos de dolor y lágrimas de esperanza cada vez que el ascensor sube con un cuerpo. La noche transcurre interminable. Los primeros rayos de sol nos devuelven a la realidad más espantosa. Algunas mujeres siguen esperando frente al pozo, con escasas esperanzas. Al ocaso de la tarde, se recuperan los tres últimos cadáveres. Ya nadie espera nada", continúa el manifiesto que ya se leyó el año pasado.
    "El recuento oficial de fallecidos asciende a 28. En nombre de todos ellos y de sus familias rotas, pido que se guarde un minuto de silencio en este lugar de dolor, para que su recuerdo perdure para siempre". Así concluyó la visita, con un profundo silencio que, más de un siglo después, sigue resonando en la memoria de Mazarrón.



 

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